Descripción
Isaac tiene 29 años, es diseñador gráfico y se define sin rodeos como “gay 100%”. Su historia es como la de tantos otros, pero su forma de contarla está cargada de sinceridad, reflexión y un deseo profundo de cambiar las cosas. Con motivo del proyecto Phobia, hablamos con él sobre su recorrido vital marcado por la homofobia, el dolor, la aceptación y el amor propio.
¿Cuándo empezaste a notar que eras diferente?
Desde primaria. Ya entonces sentía que algo en mí no encajaba con lo que se esperaba. Esa sensación se fue afianzando hasta que supe con seguridad que no era heterosexual. Lo supe muy pronto, pero no fue fácil aceptarlo.
¿Has sufrido agresiones por tu orientación sexual?
Verbales, sí. Físicas o sexuales, por suerte no. En primaria me llamaban “mariquita”. Recuerdo poco de aquello, como si mi mente hubiera borrado los peores momentos para protegerme. Siempre se lo contaba a mi madre, Araceli. Ella, con una calma preciosa, me preguntaba si era verdad. Yo le decía que no, mirándole al suelo, y ella me respondía que, si no lo era, no hiciera caso. Y si lo era, tampoco pasaba nada.
Más adelante, en 3º de la ESO, viví una situación que me marcó. El profesor de matemáticas, tras escribir yo un número en la pizarra, soltó delante de toda la clase: “A Ismael le gustan largos”. Todos se rieron. Me quedé de pie, callado, sintiéndome culpable de algo que no merecía. Mi madre no lo dudó: al día siguiente fue al instituto y presentó una queja. El profesor terminó pidiéndome disculpas en público.
En 4º de la ESO, un compañero cayó encima de mí en el recreo y otro, Eduardo, empezó a decir que tuviera cuidado, que yo era maricón. Le contesté con ironía: “¿Ahora te das cuenta?”. Nunca más volvió a dirigirme una palabra. A veces, enfrentarse al abusón desarma más que el silencio.
Ya en la universidad, en 2009, mientras esperaba para cruzar la calle, desde un coche alguien gritó “¡maricón!”. El corazón se me disparó. Es increíble cómo un solo insulto puede despertar un miedo que creías superado.
¿Has escuchado comentarios homófobos por parte de profesores?
Sí. En clase de Religión, un profesor afirmaba que lo de Alejandro Magno y su homosexualidad era una mentira. “Alejandro Magno no era marica”, dijo. Una compañera, María San Martín, se levantó indignada y le replicó que ojalá uno de sus hijos fuera gay. Puede parecer poco, pero para mí ese gesto fue enorme. Siempre le estaré agradecido.
¿Cómo fue el proceso de salir del armario con tu familia?
A mi madre se lo conté a los 16. Con mi padre fue todo bien, aunque estuvo un poco raro durante un día. Después, todo siguió igual. A mis tíos y primos se lo conté hace solo cuatro años. Me arrepiento mucho de haber esperado tanto. Aguanté comentarios como “a ver cuándo traes una moza” o “qué tal las madrileñas” durante años. Me dolía.
¿Qué ha sido lo más duro de todo este camino?
Rechazarme a mí mismo. Muchísimo. De pequeño, lloraba por las noches pidiéndole a las estrellas ser “normal”, ser heterosexual. Sentía que ser gay era un error. Con el tiempo, entendí que no era así. Y aquellas mismas estrellas dejaron de recibir mis súplicas porque aprendí que ser yo mismo era suficiente. Les doy las gracias.
¿Pensaste en el suicidio?
Sí. En la adolescencia lo pensé varias veces. La presión era mucha, la no aceptación, el miedo. Nunca llegué a intentarlo, pero lo pensé.
¿Tienes miedo a día de hoy?
No a ser yo mismo. Me muestro tal y como soy. Pero sí, aún tengo miedo a ser agredido en determinados lugares o al cruzarme con ciertos grupos. No es paranoia, es una precaución que muchos tenemos interiorizada.
¿Has intentado cambiar tu sexualidad?
Sí. Tuve un par de “novias” en el instituto. Solo nos dábamos besos. Me obligaba incluso a masturbarme pensando en mujeres, pero me sentía peor. Por suerte, aquello duró poco.
¿Crees que todo esto sigue afectándote hoy?
Por supuesto. Todo lo vivido ha influido en mi personalidad. Puede que por eso sea más desconfiado o me cueste abrirme. Pero también me ha hecho más fuerte. Hoy me quiero. Me siento seguro y feliz. He recibido mucho amor, sobre todo de mi madre, mi tía Nagore, y mis amigas del instituto. Les estaré siempre agradecido.
¿Qué le dirías al Ismael de 8 años?
Que se exprese como es. Que no baile a escondidas. Que se ponga esos zapatos amarillos. Que no se esconda ni tenga miedo. Que quererse a uno mismo es lo más importante. Y que lo mejor está por venir. Que es un ser de luz y el mundo necesita verlo. Te quiero.






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